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Juan era un varón cristiano
comprometido con el Evangelio de Jesucristo. Una tarde fue a una
barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba. Como es costumbre
en estos casos, entabló una amena conversación con la persona que le
atendía. Hablaban de tantas cosas y tocaron muchos temas. De pronto,
tocaron el tema de Dios.
- Fíjese caballero que yo no creo que Dios
exista, como usted dice, - el barbero le dijo.
- Pero, ¿por qué dice usted eso? -pregunta
Juan.
- Pues es muy fácil, basta con salir a la
calle para darse cuenta de que Dios no existe. O... dígame, ¿acaso si
Dios existiera, habría tantos enfermos? ¿Habría niños abandonados? Si
Dios existiera, no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad.
Yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas.
Juan se quedó pensando un
momento, pero no quiso responder para evitar una discusión. El barbero
terminó su trabajo, Juan pagó por el servicio, se despidió del barbero y
salió del negocio.
Recién abandonaba la
barbería, camino unos pasos cuando vio en la calle a un hombre con la
barba y el cabello largo. Al parecer hacía mucho tiempo que no se lo
cortaba y se veía muy desarreglado. Entonces entró de nuevo a la
barbería y le dijo al barbero.
- ¿Sabe una cosa? Los barberos no existen.
- ¿Cómo que no existen? -pregunta el barbero
- si aquí estoy yo y soy barbero.
- ¡No! -dijo Juan- no existen, porque si
existieran, no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la
de ese hombre que va por la calle.
- Ah, los barberos sí existen, lo que pasa
es que esas personas no vienen hacia mí.
- ¡Exacto! -dijo Juan- Ése es el punto.
Dios SÍ existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le
buscan, por eso hay tanto dolor y miseria.
…y tú, ¿ya entregaste tu
vida a Jesús?
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